Política: la serpiente de mil cabezas

Hay momentos en que pareciera que ese pensar griego fue en realidad la ironía más fina y sabia que pudieron habernos legado. Cuando uno piensa en la polis, en política o más aún en democracia, la apabullante ramificación de significados e interpretaciones nos causa vértigo y luego una atónita parálisis.

Sobre todo cuando no falta un día en que un académico, un periodista, un analista o experto aborde esos conceptos y con ellos construya su disertación en pos de una reflexión lúcida que señale el camino a andar.

Los especialistas razonan mucho y razonan bien, sus pensamientos son dignos de reflexionarse, pero jamás han pasado al campo de la praxis. Si los griegos proclamaban que la política debía ser ejercida por los sabios, entonces estos serían los políticos. Vemos desde hace centenares de años que no es así.

¿Requerimos nuevos conceptos o una redefinición de ellos?

Es muy vago decir que la polis busca que la gente viva bien o mejor. Eslogan vacío, propagandístico, barato. Sin fondo.

¿Qué es vivir bien? ¿La mayoría se conformaría con el salario mínimo? ¿Es vivir o existir? ¿Es vivir o sobrevivir?

Ese sentir social, ese pulso de la cultura que muchas veces no viene como tal en los libros, que puede presentar contradicciones, adhesiones o detractores, se respira y es innegable:

Un político es visto como una persona que tiene habilidades de palabra para, mediante sofismas o rollo, obtener la aprobación de la ciudadanía o la firma de una negociación. Un político negocia. La política es un negociar y es un negocio.

Bajo la superficie que vende la idea de que todo ello es para el bien común, la realidad palpable es que se busca el beneficio, en primer lugar del líder de un partido o sub agrupación y/o el personal.

Hoy en día no sabemos bien a bien quién gobierna en realidad. Sí lo sabemos: gobierna el dinero. Los negocios.

Las ideologías han desaparecido. Las tendencias izquierda o derecha son nada. No tienen sustento concreto. No hay ideas pero sí un deseo de hacerse de más dinero y poder.

Y nuevamente, negocios que pudiesen permear a la sociedad toda sería lo ideal. Negociar no es malo, si nos vamos a poner adjetivos calificativos. Sucede que se negocia para robar.

La democracia solo es creíble y contundente como concepto en la medida en que es la acción y efecto de emitir un voto. Nada más. Todo lo que ha derivado de ello ha sido palabra vacía que busca envolver, que hace política.

La política es el arte de envolver para convencer.

La política, curiosamente igual que la publicidad, no es profunda. No puede serlo, no es su función.

Los discursos de los políticos dicen tal cual lo que quieren que la gente crea. Como la publicidad. Pero no busca que haya un análisis de ello.

Esto lo hacen los especialistas que escarvan en cada sentencia para “interpretar” lo que “trataron de decir”. Y así es.

Pero lo cierto es que para la masa de personas que no profundiza en ello, lo que oye y ve es lo que recibe, sin más. Pese a que en las tertulias familiares aparenten disectar todo y en el mismo nivel que sus encuentros de fútbol.

Todos negamos la política y todos dependemos de ella. Mejor dicho: de los políticos.

Si un político se define como alguien embaucador, negociante, serpiente de los mil recovecos, ¿cómo podemos esperar que las cosas cambien?

Es una doble naturaleza: se creen sus palabras. Como aquel o aquella que se acuesta con una persona desconocida y llega tan campante a su casa sin ningún asomo de remordimiento.

Es una actitud, casi un estilo de vida que es así. La gente dentro de la política lo sabe. Es un juego el atacarse. No en pocos casos la rivalidad se caldea y las venganzas se multiplican.

Alguien dedicado a la política no puede ser un inocente.

Alguien que quiere estar en la política no quiere “servir a la gente” sino servirse de ella. Alguien que quiere el bien común, en principio, no necesita que le paguen un céntimo.

Alguien dedicado a la política tiene que “saber hacer acuerdos”. Y esas cadenas son imposibles de romper.

No existe ya una distinción real entre partidos. Es una ilusión con la que ellos han jugado, tal vez sin darse total cuenta. Nosotros vemos un teatro de espejismos.

Una posibilidad a probar, porque al final son humanos y humano con poder tiende a perderse, es que dirigan al país, ya no negociantes (políticos y/o empresarios) sino personas que provengan de ámbitos más cercanos a la comunidad. Se reprochará que dichas personas carecen de conocimientos de economía para poder “hacer que avance un país”. Pero se tienen asesores.

De nuevo hemos visto que una profesión específica no significa que sea la ideal para gobernar un país. Puede serlo un abogado, un empresario, un economista..y por qué no, un luchador social.

La cuestión radica en ¿de quiénes se rodea esa persona para poder dirigir un país?

Al final, todo se reduce, no a la política, no a los negocios, no a tal o cual sistema, no al capitalismo o socialismo, o libre mercado o globalización…todo se reduce simplemente a una cosa: no es posible hacer que un país crezca (sea lo que signifique eso) si no se reparte equitativamente la ganancia.

Para acabar pronto: ¿cómo hacer que un político, un empresario o una persona cualquiera deje de robar si tiene la oportunidad de hacerlo?

Por eso los jóvenes miran a otra parte cuando se habla de política. Porque las teorías son hermosas, porque los analistas se dan rienda suelta arreglando el mundo desde su programa de televisión o su columna de periódico, pero, ¿cuántos de ellos se lanzarían a llevar a la práctica sus teorías?

Cada quien muy cómodo en su sillón. Es más fácil criticar. Como lo hacemos ahora. ¿Qué hacer?

Hoy nuestra primera preocupación es comprarnos algo nuevo, además de tener que pagar los gastos de haber tenido hijos.

Hoy otros, como pleito vecinal, defienden quién es el más macho, quién es mejor profesor, quién tiene el mejor nivel, se enfrascan en diatribas que tienen que ver con salarios, prestaciones, pero también con el tan sonado prestigio. No con la gente, no con la sociedad. Nuestros malditos egos.

Por lo pronto, tenemos que reconocer que la mayoría de la gente somos tendientes a querer “chingarnos al otro”. Que hacemos cosas indecibles para despretigiar a aquel que nos da envidia. Sí, cualquiera que pierda los estribos en una polémica supuestamente racional e incluso intelectual, se revela como el envidioso, y más profundamente: como el impotente.

Y así hasta abajo: no devolvemos un libro prestado, un disco, nos hacemos tontos con un préstamo que se nos otorga, buscamos pretextos, alegamos, inventamos excusas.

Llegamos tarde al trabajo, no queremos volver a casa “por el tráfico” y nos quedamos en la oficina “porque tenemos mucho trabajo” cuando en realidad estamos con la amante o en el chat.

Nos engañamos todos a todos y a nosotros mismos: seres políticos que dice Platón (el pastor y el tejedor) que somos.

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