La pasividad adelantada (parte 1)

 

El errar de la Postmodernidad

Una de las características de  esta época llamada Postmodernismo es la de ser errática. Se mueve sin dirección, no tiene hogar ni trabajo, deambula. Algo la puede entusiasmar pero más pronto que tarde se desmotiva.

Es errante y errática. Es la época en que la humanidad más errores ha cometido en todo su devenir. Errores que no son nuevos. Fallas que pudieron prevenirse porque se supone que tenemos a la Historia y que esta nos ha enseñado cosas. Octavio Paz ya afirmaba que el siglo XX fue el siglo del fin de la Historia.

Sin Historia no hay relato anterior, no hay orígenes: no hay futuro. Y si lo hay, si se anhela tener, se evapora al primer obstáculo.

Esta época, cuando asistimos al resumen de todo lo que nos ha pasado, contradictoriamente agarrándonos de la Historia, hacemos recuentos, cuando debiésemos estar más que concientes y ciertos del rumbo de la Humanidad, estamos deambulando, muertos vivientes, en un mundo al que no tenemos la menor intensión de cambiar.

Por lo menos no la mayoría.

Pasividad, es de esas pocas palabras que no ofrece resistencia ni siquiera a la significación múltiple distorcionada que experimenta nuestro tiempo, en donde una palabra ya no significa lo que debiera. En cada época hay palabras que van evolucionando y tienen significados diferentes para su cultura. Pero el caso al que me refiero es enteramente distinto: hoy en día hay personas (millones) que tienen como “positiva” una palabra que en realidad significa algo “negativo”. Esto se verá en otros apartados.

Baste decir que la palabra Pasividad, es tan pasiva que ni siquiera ha cambiado su significado:

-indolencia, apatía, indiferencia, desinterés, inacción, inercia, quietud.

Quizá la denominación “quietud” la salva, pero cuando se trata, en el caso de los seres humanos, de una cualidad, como resultado de un esfuerzo interno profundo que trae como consecuencia un estado tranquilo, equilibrado, pues los demonios no se van, las pasiones ahí siguen.

Sin embargo, las llamadas pasiones también ya son  pasividad,  inercia.

Si la democracia, dicen, es el poder de la mayoría, vivimos el poder de la pasividad.

La pasividad: suplantadora de la esperanza

Uno puede esperar toda la eternidad ese milagro liberador: de una opresión interna, de una prisión concreta, de la opresión de quien detenta un poder aparentamente invensible, pero hay quien alimenta a la esperanza con una actitud que bien puede ser fe o confianza o voluntad: el luchar con todas las fuerzas para que el creer no muera. La esperanza necesita de la creencia o la fe para que continúe flotando.

La esperanza nunca toca el suelo. La esperanza flota. La esperanza es la visión de la salida, pero no es la salida, es la imagen de la libertad, pero no es la libertad.

Hoy, tan poco inmunes que estamos a todo tipo de virus, incluyendo los cibernéticos (¡las computadoras tienen enfermedades, se enferman y se curan o hasta mueren!), que existe uno que ha mermado a la esperanza: la pasividad.

La pasividad a sustituido a miles que presumen tener esperanza. Ya ni la presumen de tan pasivos, de tan apaciguados que están. Ahora confundimos esperanza con inercia, con pasividad.

Lo que quiere la gente: llámesele persona, gente o ciudadano

Si traemos a la mesa la Historia de la Humanidad, hay dos maneras de verla: como la historia de la desgracia humana, como la historia de la Inhumanidad (Guerras mundiales, genocidios, discriminación, racismo, dictaduras, invasiones armadas, autoritarismos, monopolios económicos, hambrunas, pobreza, ignorancia); o podemos verla como la historia de la maravilla humana (descubrimientos arqueológicos, psicológicos, sociológicos; reflexiones filosóficas, obras literarias, pictóricas, escultóricas, la música, las miles de músicas, el cine, el teatro, las computadoras, los utencilios de comunicación, la asombrosa capacidad del ser humano para amar y crear, etc). No es sorprendente que en el día a día perviva la parte llamada negativa.

La gente, (los ciudadanos, los pueblos; como prefiramos llamarles en este momento), una y otra vez ha luchado contra todo tipo de opresión. A penas estamos viviendo el advenimiento del poder total femenino, justamente en la época más ambigua que jamás haya experimentado la humanidad (antes hubiese escrito el Hombre, pues englobaba hombres y mujeres como género humano). Pero, bien mirado, son los menos los que han luchado. Los más han preferido quedarse quietos, esperando en la desesperanza.

La pasividad es  imbatible porque no necesita hacer nada para ser.

Esos raros activos

Quienes han cambiado al mundo, generalmente, han sido personas solas. Llegan a rodearse de decenas de seguidores, miles, millones; pero todo lo generaron ellos solos.

Los activos son esos solitarios que tienen que estar constantemente motivándose a sí mismos para motivar a los demás.

Los activos tienen una llama que los mueve: ellos mismos sienten hasta en el más frágil de su huesos la opresión y cansados de ella deciden hacer algo al respecto. Deciden.

Los activos deciden.

Los activos siempre están al filo de abandonarse porque a cada paso se percatan de que la gente es gente y es holgazana y no le gusta hacer olas, y es temerosa, y prefiere que sea otro el que resuelva las cosas. Por eso se dice que ellos apoyan al líder. Pero los que apoyan saben o sienten que quien debe resolver las cosas es ese a quien han delegado la responsabilidad de hacerlo. A esa responsabilidad le llaman confianza.

Se lucha contra algo. Por ende hay un obstáculo a vencer o enfrentar, se sabe de antemano. El que no lucha no quiere enfrentar los obstáculos. Y no hay vida sin obstáculos.

El que lucha tiene esa llamita que tiene que proteger porque es como una vela en su corazón, pero también es una pira que ilumina sus convicciones e incendiará lo que sea necesario para lograr lo que anhela.

Muchas veces, la mayoría de las veces, ellos saben que la probabilidad de no lograrlo es muy alta, y sin embargo, sabiendo esto, gracias a saberlo, luchan con mayor intensidad porque ese solo hecho hace una diferencia.

A veces no se trata de lograr todo ese pliego petitorio personal o comunal sino luchar, levantarse, manifestarse.

Manifestarse significa exponerse con claridad. Hacerle ver al contrario que se opina distinto aunque le caiga mal, que la gente puede ser igual entre sí, pero cada persona es distinta entre sí.

(continuará)

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