Carlos o la fuente de la juventud

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You start by writing to live. You end by writing so as not to die.

-Carlos Fuentes


Fuentes Energética

Yo conocí la obra de Fuentes gracias a un amigo, un amigo que por cierto extraño, Gerardo Téllez. La discusión comenzó porque los poníamos a pelear, “Fuentes es mejor que Paz”, y yo respondía, “Paz es mejor que Fuentes”.

La comparación no era tan desatinada. Luego de pasar mi fanática pasión por Paz y decidí leer a Fuentes me percaté de las similitudes.

A propósito o no, la rivalidad creciente que propulsó una de las más ricas competencias en la cultura mexicana y de la lengua castellana, fue trascendente en la vida de Fuentes (más que en la de Paz).

Fuentes nace en 1928 (algunos dicen que en 1929) y Paz en 1914.

Fuentes fue uno de los más grandes admiradores de Paz, tanto que su primer libro, Los días enmascarados suda la gran influencia del poeta.

La admiración trocó en rivalidad. No es ilógico: ambos de gran talento, ambos ambiciosos.

Me da la impresión que Paz no pudo tolerar que un discípulo quisiera lanzarse como “solista”. A veces me recuerdan un poco lo que pasó entre Dalí y Picasso. El primero vivió eternamente con la sombra del segundo. No lo superó, pero trazó un camino paralelo tan propio y original que le ganó un lugar indiscutible en el arte y en el negocio del arte.

Paz y Fuentes nunca se reconciliaron. Así como Paz nunca se reconcilió con Neruda del todo.

Fuentes de poder

La historia descrita y escrita por el propio Fuentes tiene muchos paralelismos con el estilo con que Paz cuenta su vida una y otra vez; siempre intercalándola con sucesos históricos, haciéndose uno con la historia.

Ambos estudiaron en los Estados Unidos, ambos sienten el desarraigo de ser otros. Ambos digieren su otredad de manera particular.

Paz abraza su historia como paralela a las convulsiones históricas nacidas desde la Revolución, Fuentes hace lo propio estableciendo un vínculo de amor/odio (¿no son lo mismo?) entre dos países que el eligió como sus paradigmas: Estados Unidos y México.

Ambos comienzan siempre sus disquisiciones con un “nací en la época tal, en un México tal..” y de ahí entretejen historia e historia personal.

Cómo vi y veo a Fuentes

Siempre me fascinó su vitalidad. Escucharlo era increíble. Su tono de voz era recio, sólido pero grato.

En una entrevista de televisión me dejó pasmado porque no solo hablaba de Flaubert o de Dos Passos, sino de los Pitufos y el hip hop. Me parecía que quería saberlo todo, todo le provocaba una gran curiosidad.

Fuentes tuvo mucho de Paz, y también mucho de Monsivais.

Su forma de expresarse era encantadora, amigable. Pese a su indiscutible y poderosa memoria y cultura, jamás daba la impresión de estar pontificando (contrario a lo que se sentía de Paz, que, por otra parte yo comprendo y disfrutaba mucho también).

Fuentes no usaba palabras domingueras ni rimbombantes de los que yo considero pseudo intelectuales o pseudo cultos. La cultura como la elegancia no se debe notar, y la traen encima como cascarón, no en el alma.

Fuentes era un hombre bien parecido, gallardo, genéticamente elegante y divertido.

Tuvo una sentencia, a mi parecer excesivamente repetitiva: “la tradición es nuestro futuro” y tenía gran influencia de Paz. También Paz expresaba nociones que no eran totalmente originales pero no se trataba de competir por ello. Su competencia y originalidad radicaba en la obra a la que se consagraron: Paz a la poesía, Fuentes a la narrativa.

En el ejercicio del ensayo Paz ha sido de los más grandes en el mundo: capacidad de síntesis, claridad, orden, y un don para traer cosas de todas partes aparentemente disímbolas para conectarlas de manera lógica y casi natural. El Fuentes ensayísta era de gran calidad a nivel literario pero no radica ahí su grandeza, a excepción de su mejor ensayo, El espejo enterrado, que es como su laberinto de la soledad.

El novelista en Paz fue Fuentes. El poeta en Fuentes fue Paz.

Imágenes e historias

Yo lamenté mucho el panfleto que escribió Enrique Krauze contra Carlos Fuentes. Sigo pensando como muchos, y con todo respeto para el historiador, que lo escribió por encargo de su padrino. Lo escribió también sintiendo el coraje y la envidia que corroen al desagradable mundillo de la literatura: Krauze nunca ha podido escribir ni como Paz ni como Fuentes.

Para ser francos, ¿qué pasó con toda la cofradía Vuelta? Desaparecido el rey todos los clonecitos (así les llamó Roberto Bolaño con justa razón) se desvanecieron. Incluso Krauze ya no tiene los guiños y giros que copiaba de su jefe Octavio Paz.

Pero esto no importa, lo que importa es lo que pasó al final: Fuentes prevalecerá.

Sus obras

Los asiduos lectores, así como los asiduos fans de las bandas de rock, somos crueles con nuestros ídolos. Criticamos hasta el más mínimo detalle de sus evoluciones. Particularmente en México, aún esclavos del pasado, pensamos que “sus trabajos primeros fueron mejores”. Me apena afirmar que, tratando de ser objetivo y con toda la admiración que le profeso a Fuentes, sus trabajos fueron decayendo de manera casi penosa.

Adán en Edén es desilusionante, con la Silla del Águila leí un comienzo que anunciaba al vigoroso Fuentes pero también fue decayendo. Siento que el título lo pensó más para que sonara bien en inglés que en español como homenaje a Faulkner.

Sinceramente desde Instinto de Inez me pregunté ¿y dónde está Fuentes? Era como leer a un clon de Fuentes, a un fan de Fuentes que no tenía el poderío y ritmo virtuoso/sinfónico de Fuentes.

Su novela de vampiros no vale la pena ni mencionarla.

Pero con los escritores nunca se sabe, ni siquiera nosotros lo sabemos, el tiempo, las circunstancias, la vida diaria, nos conducen por recovecos extraños, tal vez exploramos áreas conocidas para hallar lo asombroso nuevamente, tal vez es rutina, no lo sabemos. Tampoco importa. Sobre todo con Fuentes, cuando escribió verdaderos viajes maravillosos, libros que me dejaban con la boca abierta, de verdad, que me hacían reír afirmando, “qué chingón es este señor” y eso nadie, nadie se lo quita:

Fuentes Trascendentales

Cabeza de la Hidra, es genial, es profunda, es cinematográfica, es divertida, te da risa, te provoca odio, te da coraje, y ahí estás pegado a la página. Desde la primera a la última, para mí una de sus obras maestras. A veces, aquellas obras que incluyen humor no son siquiera consideradas para ser obras maestras, pero su hechura, su accesibilidad y al mismo tiempo profundidad, su presentación tan natural y al mismo tiempo surreal del mexicano, es magistral. Vamos, que todo el que quiera ser un novelista mexicano tiene que pasar por este libro. Así. Y luego el reto de hacer algo no mejor, sino distinto.

Naturalmente La Región Más Transparente fue la obertura de un universo literario que indudablemente es Fuentesco. Su estructura bien definida me encantó. Pero sinceramente no es de las que más me llegan. Su importancia radica en la estructura, el manejo del lenguaje del pueblo, de las clases, la presentación del mito…el momentum histórico en que surgió, gran novela sin duda.

Pero si una me llegó, me voló la cabeza fue Terra Nostra. Para mí su mayor obra. La más poética, imaginaria, viajada, real, atrevida, rica, sexual, sensual, erudita. Con este libro Carlos podía recibir el Nobel. Punto.

Otra que me voló y me fascinó, ya en mi etapa Fuentes Fan fue Cristóbal Nonato. ¡Qué manera de Joycear a la mexicana! Con gracia, con sabiduría del pueblo y de las élites, rica, divertida, conceptual, profunda. Genial. También ya por esta el señor Fuentes se pudo ir muy tranquilo a disfrutar de su vida de caballero en el mundo sin razguño alguno.

Está Artemio Cruz, está Agua Quemada (de mis libros favoritos)…Constancia se me hizo maravillosa. Obviamente, Aura, una nouvelle maestra.

Legados y las Fuentes de la eternidad

El más grande Fuentes fue el que se retaba a sí mismo. El que escribía de una manera totalmente distinta de un libro a otro. Cuando Fuentes se encontró a Carlos Fuentes ahí acabó todo y solo leímos ecos que nos hacían correr para releer Terra, Cristobal o Constancia.

Sentó una base. Se apoderó del concepto Mexicano, de México. Hay por ahí un par de medianos escritores cuyas novelas ostentan siempre títulos con un México y su tema. El problema es que de inmediato aparece Fuentes y su paso gigantesco los aplasta.

Veo muy improbable que otro novelista pueda arrebatarle su lugar como el escritor que escribió la gran novela mexicana del siglo XX.

Cualquier nuevo escritor (me cuento entre ellos) nos estamos rompiendo la cabeza por darle la vuelta al monolito Fuentes. No es sano explorar los mismos caminos, sobre todo si ya fueron contados como él.

Sus novelas no pretenden trabajar personajes. No es una falla,  es simplemente la aproximación con la que la pluma de Fuentes abordaba sus historias. En Fuentes lo importante era, en verdad, la historia y no tanto los personajes. Es por ello que no existe un personaje de él que sobresalga de la historia contada.

Así lo quiso abordar él. Lo hizo propio.

Siempre hay que agradecer a un artista una cosa: su incansable necedad de ser original.

Fuentes para siempre

Su vida personal tuvo no pocos capítulos terribles. Me sorprende que jamás jamás los haya transportado a su literatura. Tal vez por eso sus libros se volvieron ascépticos. Tal vez era su antídoto ante tanto terremoto personal.

Una hipótesis tonta y una última imagen

Yo siempre he pensado que el declive que llevó a la muerte a Octavio Paz fue ese terrible incendio en su departamento de Río Guadalquivir: era su amor más grande después de Mari Jo. Ahí, acabó todo para él.

Y no sé por qué pienso que el declive acelerado de Fuentes sucedió cuando se entera de que  el premio Nobel  se lo otorgan a Mario.

Estuve muy al pendiente de saber qué declaraba Carlos Fuentes sobre el Nobel a Mario Vargas Llosa. Que yo recuerde, y estuve muy atento, no supe nada de él ese día. Ni al siguiente. Algunos días después dijo algo cortés pero dolidamente.

Se dice que el cáncer surge de los rencores. No digo que culpase a Mario pues siempre fueron amigos y se admiraban mutuamente. Pero Carlos supo que si no lo ganaba esa vez ya no podría esperar más.

En lo personal, Mario Vargas Llosa, como novelista, obtuvo merecidamente el premio. Y agradecí que declarara que  tenían que dárselo también a su amigo Carlos.

Juegos políticos, envidias, rencores, compra venta, y legítimo talento, atinadas asignaciones, el Nobel sí es un referente y confieso que yo también sueño con obtenerlo. Sueño.

Solo vi una vez a Carlos Fuentes en vivo.

Lo vi un día soleado de domingo, caminado erguido y elegante, como por sus jardines, sobre la calle de Madero del Centro de la Ciudad de México. Me pasó a un lado. Me quedé quieto, me volví y lo miré alejarse: ese es Carlos Fuentes, ¡es Carlos Fuentes! No pude interrumpir su elegante caminar. Me quedé contemplándolo con un traje blanquísimo que solo a él le podía quedar perfecto.

Qué grande eres Carlos, qué grande.

Gracias, gracias, gracias.

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