Al final eligirá tu percepción.

Datos duros, encuestas de uno y otro lado, análisis que pretenden ser concienzudos, eruditos y descarnados. Lo cierto que nos han tenido bajo un maremagnum de información que tan solo ha logrado confundirnos más.

No importa si es de calidad o no, es tal el asedio que se tiene que hacer un alto total para poder comenzar a discernir qué propone cada cual, y otro tanto para desenmarañar el tejido de tanto dato, tanto grito. Y no muchos lo hacen.

La gente real, la gente de la calle y el pueblo, del rancho y de la ciudad, que tiene como obligada prioridad conseguir o conservar un empleo, mantener a la familia, pagar los gastos de las escuelas, a penas tendría un momento para sentarse a “evaluar las propuestas”. Una excepción: las acaloradas sobremesas.

Aún así, por mucho que los erutidos se enojen con nosotros por no querer profundizar, por no querer conocer las propuestas, la verdad es que, suponiendo que fueran viables, ¿cómo sabemos que las cumplirán?

Todo se queda en la esfera de lo que creemos de un candidato, de lo que su información visual nos envía. Su forma de decir las cosas.

Una vez estando bajo ese telón de plástico, solo pero apurado por una fila de votantes, con un atajo de formas llenas de logotipos y letras, con un plumón en la mano, una vez estando ahí el último detonador es lo que tú percibiste de cada cual: tu percepción, la huella que te dejó el que finalmente ahí será tu elección.

Aunque hagan ojitos de stevie wonder los cerrados estudiosos.

Suerte.

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