Quizá ya es tiempo de que vuelva Superman

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Necesitamos que Superman regrese

A falta de una acepción precisa, que no puede definirse en tiempo presente pues hay mucho del bosque que no podemos ver quienes lo estamos viviendo, se dice que la llamada Post modernidad es un pastiche en donde conceptos, acepciones, significados, significantes, se están confundiendo. Fundiendo. Fundición de significados, confusión de significados y sus referentes. Se agrega que es de la Postmodernidad tener un carácter oscuro (supongo que por la misma confusión).

El término ha tenido mayor difusión en el Cine. Uno de los héroes más venerados por públicos de toda edad es Batman. La última serie de películas dividida en tres partes (también está en boga y moda llamarlas trilogías, concepto publicitario que ha tenido mucho éxito, que es muy válido y que ha desterrado aquella vieja consigna de que segundas partes jamás eran buenas) nos presenta una aproximación “oscura” del personaje.

Se refieren a su conflicto interno, a que un héroe puede abrigar dentro de sí una patología tan grave que llega a identificarse y, muy postmodernamente, confundirse con su enemigo, quien pareciera se convierte en su reflejo, en su otro yo. Héroe y villano se necesitan para subsistir, para ser.

La ancestral lucha entre el bien y el mal toma otro cariz cuando somos testigos de su confusión. Recibimos argumentos que nos hacen pensar en ¿quién es realmente el “malo” y quién el “bueno”?

Cada nueva entrega de un personaje salido de los cómics provoca gran expectación porque nos hablan de un ideal humano: el heroísmo. Ideal porque es raro encontrarlo, ideal porque en un mundo regido por la persecución del dinero a toda costa, no importando sobre quién pasar encima, en donde los llamados valores se han debilitado y se han convertido en letra de libro, y a veces ya ni siquiera ello, desterrados de los temas escolares, de la mesa familiar (la verdad es que casi no se habla de ello ya) sentarse a ver a un personaje ficticio que lo representa es alentador, es distractor, es entretenido y es novedoso.

El furor (porque estas películas causan furor, en parte por el legítimo entusiasmo que se remonta a nuestros tiempos cuando niños inocentes, en parte por una campaña de publicidad sólida, con un arte admirable e incluso mecanismos que podría afirmarse son poco éticos, como usar los medios de información para propagar noticias ciertas o no que tengan que ver con la película próxima a estrenarse) este furor se disipa hasta la próxima película y el próximo héroe. Sucede algo similar con todo producto de entretenimiento, incluyendo los libros, no son mágicos. Cambia uno mismo si eso se desea y se esmera. Todo lo demás es entretensión. Vivimos en tiempo en que todo tiene que ser divertido: diverso, entretenido. Nueva confusión, nuevo argumento para sostener mi tésis de esta Edad de la Contradicción: nos atraen las historias más escabrosas, tenebrosas, ineludiblemente crueles del ser humano pero para divertirnos, para “pasar un rato agradable”. Ya no nos entretiene la simple burla hacia lo establecido, hacia el poder, hacia la autoridad, sino que en todo buscamos el lado macabro, el lado morboso y más aún, el lado maligno, ese oscuro que tanta promoción tiene.

Vivimos el tiempo en el que los “malos” son aún más atractivos que los “buenos”. Siempre ha existido esa sensación en la que “preferimos” ser los indios, los roba bancos, los forajidos, pero era momentáneo, siempre volvíamos a la conciencia de que, en la vida real, debíamos ser buenos: era bueno ser bueno.  Ahora eso equivale a ser un imbécil.

No vemos personajes “reales”. Mucho se dice que lo que sucede es que, al indagar en sus psicologías, los personajes ficticios se tornan verdaderos y más cercanos a la “realidad” de la gente, pero esto carece de sustento, de no ser otra fórmula comercial.

Cierto es que vemos personajes que ya no son planos, donde el bueno es bueno y el malo malo. Vemos sus contrastes, sus penas, somos testigos de las razones que los llevaron a “volverse” de esa manera. Pero no son verdaderos pues en la vida real ser realmente mala persona significa causar daño. Podrá ser divertido, incluso catártico,  imaginarse ser el malo, pero en la vida real es peligroso. A pesar de ello, la sociedad ha incorporado estas actitudes, este caparazón en su vida cotidiana y hoy en día es más admirable y hasta valorado ser considerado un hijo o hija de puta, un cabrón o cabrona.

En nuestro tiempo quienes sostienen una trama y son recordados e imitados son los antagonistas. Pero ahora los antagonistas son los protagonistas: Dr. House, Tony Soprano, Don Draper, no son dulces peras y sin embargo, son personajes ya clásicos, sin lugar a dudas, que el público admira y dice hasta querer.

Los quieren y quieren ser como ellos.

En el mundo de las historietas, Batman siempre ha llamado la atención por sus negras ropas, su actitud “encabronada”, su forma violenta de enfrentar al crimen usando sus mismos procedimientos. Batman encarna el terror de los terroristas, el criminal de los criminales. Su actuar a veces tiene que pasar por alto el honor, o la honradez. Bordea aquellos valores que un caballero real jamás, ni inconscientemente, se atrevería a traspasar. Este es el tiempo de Batman. Los malos son malos y tienen argumentos sostenibles y comprensibles para llevar a cabo sus actos atroces, y los buenos, como Batman, son tan malos como los malos porque “defienden” a la sociedad. Una sociedad que, bien mirada, no es nada “buena”. Mezcla de significados, disipación de significados. ¿Qué es qué?

En esta lucha aparente entre el bien del mal parece descubrirse una más apegada a esta realidad: la lucha no es entre el bien y el mal sino entre quién tiene más poder que el otro. La lucha es de egos.

Batman no salva al amor de su vida, no pelea por amor. No es un hombre sensible, no es considerado. No lucha tampoco por preservar la justicia (no lo haría del modo en que lo hace pues él mismo cae en métodos injustos), no lucha por la verdad quizá porque no existe. ¿Por qué lucha Batman ahora? ¿Cuál es su “misión de vida” si no es ninguna de las anteriores? La lucha se lleva a cabo en un nivel superficial: demostrar quién es el más cabrón, el más chingón.

Curiosamente Batman cuenta con recursos materiales más sofisticados que los delincuentes que busca detener.

Escribo estas líneas antes de ver la última entrega de la denominada trilogía del realizador Christopher Nolan, y parto de lo que vi en las dos primeras. Debo confesar, como nota, que me parecieron tediosas por razones más de orden cinematográfico que por el momento no tienen cabida aquí. Pero ha sido también muy interesante el enfoque que le otorgó Nolan. Y es este  Batman  sobre el cual escribo estas impresiones. Ignoro si Nolan concientemente quiso mostrar como subtexto esa ironía de nuestro tiempo: que no existe una motivación venida del alma o, digamos, profunda en los actos de Bruce Wayne ni mucho menos de Batman. Si lo hizo con ese propósito no tengo más que aplaudirle esa visión. Para mis adentros siento que no lo vio de ese modo, pero es la maravilla del cine.

Al final de cuentas, Bruce Wayne es lo que es: no es Batman. El disfraz de murciélago es tan aparatoso, incómodo (eso sí como diseño está increíble) que precisamente nos muestra a alguien que no es humano, que se cubre y recubre con capas de impresionante vistocidad para ocultar una esencia que no existe. Sé que es una armadura y las razones del cómic, pero en el contexto del personaje es solo eso: Batman es superficialidad: finge la voz raposa, el traje es descomunal e inhumano. Batman al final es para el mismo Wayne un personaje, un traje, es en efecto: un disfraz. Batman no tiene emoción (igualmente la película es cero emocionante, uno de los puntos que me cansaron hasta el real bostezo), está hueco y aquí es exactamente igual a Bruce Wayne. Entonces, ¿cuál es la tranformación? Tal vez no la hay. Tal vez es lo más simple de lo simple: tener dinero y poder le permite a un millonario disfrazarse de héroe y cometer atrocidades.

Bruce Wayne es lo que es: un millonario que fabrica armas (tenía la duda si en la tradición de los cómics siempre había fabricado armas como Tony Stark), es un hombre superficial, que juega a que no le gusta pertenecer al jet set, a las fiestas glamurosas; siempre rodeado de chicas hermosas que, por lo menos en las películas de Nolan, son en verdad elemento decorativo pues no muestra siquiera interés lúdico con ellas, mucho menos erótico; ya no hablemos amoroso. Jamás se compromete en cuestión sentimental, es una fachada que requiere porque un hombre no puede verse sin mujeres, ya conocemos las implicaciones culturales.

Este Batman de Nolan no es el Batman con el que yo siempre me había quedado (los apasionados de los cómics conocen los detalles de infinidad de historias alternas sobre el personaje, es algo muy común en los cómics y se me hace fascinante): que Batman era un gran estratega, que más que fuerza bruta, Batman era sistemático y reflexivo. Que sí, se esxedía en sus métodos, que sí, descargaba su ira sobre sus enemigos; pero también era extraordinariamente calculador. En estas películas ese Batman no está.

Yo me quedé con ese Batman que guardaba en su oscuridad un sufrimiento profundo (la muerte de sus padres) que se ocultaba en una desconexión con el mundo real, el de la gente común; provocándole  un sufrimiento adicional, sino de todo héroe: la soledad. Sentirse solo, incomodamente solo y no tener otro remedio. Este Batman no es el de Nolan. Su murciélago está hueco. He aquí una de mis grandes diferencias con el exorbitado apasionamiento de los fanáticos de esta trilogía, pero también una muy estudiable aproximación de como está conformada nuestra sociedad actual, la sociedad de cascarón: aparentamos sufrir por una causa mas ignoramos o desconocemos la real. Aparentamos conducirnos con valores, con justicia y dignidad, con valor y honestidad, pero en realidad no lo llevamos a cabo: en nuestra cotidianeidad transamos, somos poco o muy corruptos o corruptores, y nuestra conducta dista mucho de ser honorable, respetuosa y respetable, honrada. Los hombres ya no son caballeros, es casi una estupidez siquiera escribirlo o sugerirlo. Las mujeres ya no “tienen” que ser unas damas. Impera la conversación a grito y grosería pelada en lugares públicos no importando que estén niños o gente mayor alrededor. Los ancianos también se meten en la fila del súper, son también groseros y prepotentes, abusando de su condición de ancianidad.

Las madres de familia atropellan  todo lo que encuentre a su paso la carreola. ¿Dónde está el heroísmo que tanto nos entusiasma ver? ¿Realmente este Batman es un héroe? Más bien parece un “mecanismo”.

Curiosamente, la última entrega del Hombre Araña se mantiene fiel a la esencia de Peter Parker. Su humanidad conectó conmigo. Pero pude comprobar que a algunas personas les incomodó, precisamente, el que fuera “débil” porque era humano y que tuviera un amor tan profundo por Gwen. Los buenos no tienen el mismo impacto. Pero siento que no es porque el amor y el ser “humano” no existan en cada persona, simplemente no nos lo han sabido ofrecer así. Es también parte de la evolución (adaptación) del mundo. Quienes cuentan con dieciocho años ahorita vislumbran un mundo que los traicionó desde su nacimiento pero que ellos lo ven “normal”: es más valorado y buscado el ser cabrón, el saber aprovecharse de las situaciones y con ello de la gente (“¡para qué es tan inocente!”) y buscar a toda costa los bienes materiales sin importar los cómos. No es que sean “malas personas” simplemente ante este mundo están y ellos tienen las armas para adaptarse a él. Pero también he comenzado a ver signos de cambio: los nuevos niños, aquellos que ahorita cuentan con cinco, tienen “otro programa”, vienen con “otro chip”, “otro software” y, no sabría argumentarlo en estas líneas, siento que en ellos está la semilla de la nueva sociedad, la que, no lo dudo, volverá a darle significado a las cosas que llamamos la vida.

Entonces volverá a ser un valor deseado el llegar a ser un hombre o una mujer “de bien”: honrado, respetuoso, cortés, preparado, honesto. Damas y caballeros, la vuelta de las damas y caballeros. Los valores que hacían a la mujer más mujer y más femenina; y al hombre más hombre y más viril.

Damas y caballeros; quizá un poco anticipado pero el mundo ya puede estar preparado para que regrese Superman.

 

pd.

Ahora ya he visto dos veces la tercera película de Nolan sobre Batman. Me gustó mucho. Cuando las demás dejan ver “los fierros” y son más que complejas complicadas y en muchos momentos poco creíbles, esta es incluso inspirada.

Si duda la saga, la serie, la franquicia, como le gusten llamar, continúa.

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