Del que quiere ser escritor y del que publican

Imageno de

Sin duda el hecho de querer ser publicado es un anhelo, es una meta. Confiere el ser reconocido. La espada del caballero de la mesa redonda. Aunque muchas veces es solo aparente, la anhelamos, la deseamos. Porque de otra forma se es un escritor que escribe porque es su hobby. O se es un escritor porque se es un desempleado. O se es escritor porque se es un fracasado. Y mucho de ello es cierto. Pero no siempre. A veces le pagan a uno los trabajos.

Es de las vocaciones más solitarias en verdad. Porque si no conoces a nadie en ese círculo cerrado puedes olvidarte de todo. No es queja. Es así.

Y luego ves tantos, tantos, tantos escritores, y tantos, tantos, pero tantos libros y no es ocioso vislumbrar que todo este tiempo nos han tomado el pelo las editoriales: porque de que venden venden.

La otra es que si te publica una casa reconocida se queda con la mayor parte del jugo. Como pasa con los músicos y las disqueras.  ¿Qué hacer?

Si se opta por publicar uno mismo, no pasa de ser el tío o el primo que ay, qué detalle, escribe libros, escribe poemas. Y haces la mueca porque tú quieres que te vean con orgullo no con lástima.

Supongo que les pasa a todos los que alegan se escritores. Y luego el medio es tan mamón que no se si sea requisito indispensable creerse James Joyce para que te la crean.

Está el ego, claro. Si no, no se podría crear.

Pero hay un punto en el que tu desgaste es tal que de verdad es justo considerar en guardar el medio sueño en el baúl. Al final, de que se escribió se escribió, de que uno puede ser escritor porque los libros están ahí, recónditos, ignorados, pero ahí en esas librerías virtuales, pues sí.  Pero nadie lo sabe. Nadie quienes te interesaría que lo supieran lo sabe.

Muchos ya están muertos.

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